Cuando empecé con esto de las cartas sólo entregaba -cuando podía- cartas certificadas.
Iba por los pueblos de alrededor.
Haciendo amigos.
Digo haciendo amigos por que el hecho de ser certificadas no presagia nada bueno la mayoría de las veses.

Fueron meses de fogueo, de preparación.
Al poco de comenzar, llegó la «casi desconocida» (es ironía) pandemia.
Fueron meses commplicados para todos. Los destinatarios no podíais salir. Nosotros no debíamos entrar.
¿Cómo se entrega una carta sin acceso?
¿Cómo se gestiona un certificado si el contacto debe ser nulo?
Fueron días de tener empatía para con todos.
Cerraron comercios. Recuerdo que los camioneros no tenían donde asearse. No tenían donde comer durante la ruta.
Todo cerrado.
A cada mochuelo le tocó lo suyo.
Unos no tenían donde descansar y asearse y los otros no podían dar servicio.
Personalmente me toco ir a algún descampado a aliviarme las necesidades. Ni bares ni gasolineras. Nada.
Permitieron luego abrir los comercios, la gente tenía que comer.
El protocolo, la norma mandaba que debía existir una separación mínima de dos metros entre las personas, ¿recuerdas?
Doblabas una esquina y te encontrabas de bruces con laa cola del supermercado que estaba al final de la calle.
¿Ir de compras? Lo justo y necesario. Y con unas colas tremendas.
Lo habrás pasado. Quién no paso por el trago.
Ahora parece que todo ha quedado en una «mala gripe».
Casi mejor así. Aquello…
Para aquello había que tener mucha fuerza de voluntad.
Hoy, ya pasó (crucemos los dedos) y se trabaja de forma normal ya.
Seguimos.