Hoy voy a hacer una comparativa fea…
Vamos a imaginar que somos grandes chefs.
Unos chefs que sabemos hacer unos menús de chuparse los dedos.
No olvides que se trata de una comparativa fea.

Estamos realizando un plato estupendo y, zasca, se nos va la mano con la sal en el último instante. Ya está saliendo la cazuela, o la fuente, hacia el comedor. La están depositando sobre la mesa ya y comienzan a emplatar.
¿Te lo puedes llegar a imaginar?
A todo un chef se le va la mano con la sal en el peor momento.
Ya no hay solución. Bueno si, retirar la comida (es lo que yo haría)
Con el reparto de cartas puede, y ocurre alguna vez, algo similar. En el mismo instante que abres la mano y se desliza la carta en el buzón adviertes que esa carta no va ahí.
No es ese su destino.
La has bien cagado hermano.
Miras de introducir la mano por la rendija y no entran los dedos.
Te asomas por si hay alguien en la casa. Llamas al timbre. Nada, sin respuesta.
No llevas pinzas. Nadie puede echarte una mano.
No puedes dar aviso de tu error al dueño del buzón. No está.
Puedes intentar, si está en casa, de avisar al destinatario real de la carta.
Si acaso está en casa en ese instante, si no está no se puede.
Ya te he dicho que ese trata de una comparativa fea. Aunque es posible que ocurra continua siendo fea.
Y te puedo confirmar que es como la Ley de Murfi; si puede ocurrir, ocurre.
No te hagas mala sangre, si no tiene solución, no la tiene.
Es un ejemplo de muchos de los errores que podemos cometer en nuestro trabajo. No deja muy buen sabor de boca aunque no te deja la boca seca haciendo caras feas.
A disculparse tocan y poner más atención la próxima ocasión. Y el salero lejos.
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