Cuando comenzaba a tener pelo en los sobacos, recién salido de la EGB, ayudaba a mis padres en el campo.
Es lo que se estilaba en esa época. Era costumbre. Se aprendía el valor del trabajo si no querías (como yo) estudiar, te enseñaban a tratar con personas.
Aprendías a usar las manos y la cabeza. Y en más de una ocasión, a tener la boca cerrada. También por las moscas.
Una frase que siempre recordaré de mi padre:
«Lo que trabaja es la vista«

Como si fuese ahora mismo, me recuerdo -seguramente con cara de imbecíl que no se puede aprovechar para nada bueno- abriendo los ojos como platos. Haciendo fuerza como si estuviese cagando.
No había manera.
La tarea no se hacía. Ahí seguía la jodía.
Hasta dolor de cabeza me cogía de fuerza apretando los ojos y parpados.
Ni Superman con supervisión.
Ni por esas.
Años pasaron hasta que caí.
No, no tenía que ver con el esfuerzo apretando los globos de los ojos. No era necesario forzar al límite los lacrimales.
Era, es, todo más simple.
Se trata de la destreza que trae la experiencia.
Eso que cuando nos encontramos en plena adolescencia creemos que nos sobra, cuando en realidad apenas conocemos su nombre.
Seguramente, estoy casi seguro que a tí te habrá ocurrido algo parecido. Te habras encontrado en situaciones similares.
Siempre he sido un culo inquieto, lo he recordado cientos y cienes de veses, y he aprendido de los mejores que me he podido rodear. Y he aprendido muchos de todos ellos. También de lo que no se debe hacer, que es importante conocerlo para la vida.
A día de hoy continuo igual. Tengo la inmensa suerte de estar rodeado de auténticas personas profesionales (las mejores) que me ayudan a ir siempre adelante. Para saber somo lo hacemos, entra aquí ahora