No debe ser bueno pasarse el día concentrado en el trabajo y nada más.
Antes de nada y para que no se me vaya de la ”perola”, el regalo que mencionaba en el correo de ayer.
Se trata de un diccionario de sinónimos.
El porqué de ese extraño regalo (teníamos una veintena pasada de años ya y habíamos dejado los estudios hacia más de un lustro, de ahí lo inusual del presente) viene motivado por la costumbre, hábito, de Tomás en llamarme “loco”.
Siempre. A todas horas la misma palabra. No cambiaba el adjetivo.
Le di una solución; poder cambiar de vocablo. Y lo hizo. Demostraba que lo usaba.
Valió la pena.

Dicho esto, vamos a la broma que le gaste a Laia.
Laia es una joven superagradable, que no tonta, y muy amable.
Hace unos días, estando yo en la puerta de su lugar de trabajo hablando con un miembro de la guardia urbana le pregunté si llevaba identificación encima puesto que me habían multado.
Se la solté de sopetón. Sin preguntar.
El guardia no la vio ni venir tampoco.
La pobre Laia se quedó blanca al momento.
El Guardia, Manel, no acababa de creer haber entendido lo que había oído.
Después fueron todo risas. Ese instante preciso de soltar la pregunta es lo mágico. La reacción de las personas allí presentes.
Imagina, un amigo, o conocido, te pregunta si llevas tu tarjeta de identidad encima estando al lado de un policía.
Imagina, también, lo que pasa por tu cabeza cuando entiendes que te lo pide por que le han puesto una multa. ¡¡A él!!.
Momentos como este son los que ayudan a pasar el día de otra forma. Provocan una sonrisa, incluso con el paso de los días.
Esta es la forma en que me gusta trabajar; con risas y “buen rollo”. Las penas ya vienen solas.
Mañana nos leemos de nuevo….