Y lo que se queda en la impronta
Te cuento de una situación que me ocurre cuando yo era un escolar, durante los primeros años de mi primaria
Ni te va ni te viene, o así lo ves ahora. Lo cuento igual que de todo se aprende, luego te digo como aprender más y mejor de la mano de los mejores
En mis primeros años de escolar, a inicios de los pasados 70, ya vivía donde vivo ahora mismo. Misma calle, misma casa, casi mismos vecinos…

Un pueblo pequeño donde casi todos nos conocemos, en Catalunya. Hablando casi todos la misma lengua: el catalán
El entorno familiar igual, en catalán. Lo castellano era feo, era malo, era diferente
La escuela en castellano, en casa no. Por la calle con los amiguitos, pues ya depende
El caso es que un amiguito mío, Laureano, con el que me siento en el mismo pupitre (mientras los hubo) durante un curso y otro y otro… Además, vecinos en la misma calle casi. Nuestras madres superconocidas
Lo que te vengo a contar ocurre el primer curso que estamos juntos precisamente los dos
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Un día Laureano me dice que, en su casa, se comen los tomates crudos
Recuerdo que me faltó tiempo al llegar a casa para decirle a mi madre eso mismo, que comían tomates crudos en casa de Laureano
Me contesto que los castellanos tenían unas costumbres raras
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Ahí queda la cosa. A lo largo del tiempo, ni acordarme, la verdad, hasta que caí en la cuenta. Por supuesto que se comen los tomates crudos. Ellos tu y yo. Todo comemos tomate crudo. Y cocido.
Y gallinas muertas también.
No sé de nadie que las coma vivas
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Durante mucho tiempo tuve metido en la cabeza que los castellanos comían diferente, aunque no fuese cierto
Es curioso que lo que se nos incrusta en la mente dura y perdura
Con algunos alumnos de mi curso salió este tema en cierta ocasión. Me decían lo que me dice mi hija casi siempre, que nadie nace preparado, y que estaría bien que alguien inculcara todo el conocimiento que tiene guardado en la cabeza que le ha costado años adquirir
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Para se les quede incrustado y bien incrustado-. Metido hasta el fondo
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