Ahora que ya nadie habla, casi, del Mundial de fútbol femenino (ganó España, toma spoiler) y del gesto que trajo más cola y empleo más tinta voy yo y quiero hablar, escribirte de fútbol.
Y no sólo de fútbol. Aunque de fútbol tampoco.
En España sabemos de todo.
Los mejores entrenadores, en España.
Los mejores cocineros, en España.
Los peores políticos, en España.
Los mejores ciclistas, en España.
Y así, con todo. España, España, España.
No lo español, cuidao.
Yo, yo y yo.
Y otra vez yo.

Los bares han hecho mucho daño.
Cuantos talentos perdidos en esas barras.
Cuantos «sabios» consejos se han visto tirados y arrastrados por el suelo por no ser el lugar donde exponer.
Si son buenos no es el lugar.
Esos bares….
Nuestros bares….
Esos asesores que saben mejor (de todo) que los que están en la propia cancha, o en la pista. De cómo va el juego y cómo debe hacerse cada uno, y todos, los pases. Esos que, sin haber movido un músculo en su puta vida se permiten criticar y enseñar al que ha hecho del juego su profesión.
Las escapadas de los ciclistas. Las canastas de baloncesto. Lo que sea.
Salta tú a la carretera y pedalea hasta ahogarte delante de un Miguel Indurain. Ahí, con dos cojones.
Esta muy bonito poder expresar tu opinión.
No exigas respeto sobre ella, quizá sea la tontería más solemne de la Historia y nadie te la replique. Aunque no deja de ser tú opinión y como tal merece «ser escuchada».
Tengo una profesión un tanto atípica. Se creen que con sólo empezar a caminar con un fajo de cartas bajo el brazo ya te ganas el jornal y más.
Imaginan que por el camino éste se convierte en un fajo de billetes. Grande, el fajo.
¡Que mala sombra tienen!
Cuanto daño han hecho los bares. Y el no saber tener la lengua quieta, ahí, en los bares.
En otros rincones más oscuros muévela. Más. Más. Y más.
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