No suelo mirar métricas de los correos que envío.
Hoy abren más, mañana menos… Cada cual consulta el correo cuando puede o cuando quiere.
Esa es la ventaja. El poder de decisión. El no haber fecha de caducidad.
El otro día me dió por asomarme en el entresijo de números y datos.

Tuve curiosidad por saber los motivos por los que las personas se puedan dar de baja de ésta lista. Los que marcan las peronas que abandonan la lista. Celebro que estés leyendo esto hoy, significa que no te has dado de baja.
Entre los motivos leo «me estresa», «esto es demasiado», «no va con mi personalidad»…
Hay varios más, pero los tres más marcados son:
Recibo muchos correos en general
El contenido no es relevante
Ya no soy cliente
Así. Por éste orden.
Hay otros más, pero estos son los tres primeros.
Aparte de estos, me dieron uno, en viva voz, que fue el que me animó a comprobar los motivos por los que abandonan la lista.
Hablé con un gerente…
No, no voy a escribir aquí tu nombre. Ya tú sabes quien eres.
Si aún no te has dado de baja.
El motivo para darte de baja, insisto en que no sé si me estás leyendo todavía, que me diste fue un «no quiero visitar tu sitio web«.
Escueto. Directo.
Tan ambiguo.
¿Hay payasos en mi página y te dan miedo? ¿Te vas a contagiar de viruela vietnamita si te asomas a la página? ¿Crees que te voy a robar la tarjeta de crédito sacando la mano a través de la pantalla?
A lo peor, y no me he enterado, es que cuando abres mi correo encuentras una pistola apuntando a tu sien para que hagas clic en el enlace.
Vamos a comprobar…
Por si acaso, adiós
¡Ah, y no olvides recomendarme. Envía este post a quien creas que le gustará, te lo agradeceré una jartá.
No vayas a guardarme bajo llave sólo para tí.
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