Unos amigos tienen un bar.
No es un bar cualquiera, de los de toda la vida. En este se puede cenar y tomar unas tapas.
Hasta merendar a base de tapas, que no está nada mal.
La ubicación no es del todo ideal bajo mi punto de vista. Para otros será el lugar idóneo, ni lo dudo ni lo discuto.
Por la tardes dá el sol de lleno en la terraza, lo cual hace difícil la, ya de por si dura, tarea de camareros y camareras.
Salir a la calle y encontrarse una patada de sol en plena cara es todo uno. Y no gusta.
Y con una bandeja en mano menos, creo.

Es chiquinino el local, si, pero en verano se está de muerte bajo las moreras que dan una buena sombra hasta poco antes de la hora de comer.
A partir de entonces, a freir huevos hasta la puesta del sol casi.
Más de uno se los debe llevar escocidos para casa.
En el negocio son gente joven y, parece, que aguantan todo.
Si.
Las mañanas de fin de semana son de legañas y miradas raras, lejanas.
También.
Por la tarde, el que repita turno, ya sabe. Patada en la frente.
De veses ocurre.
Si por las tardes se pudiese mover el chiringuito al otro lado de la plaza…
En mi profesión podemos ir cambiando de lado de la calle.
Alternando sol y sombra.
Como en los toros.
Una calle trás otra. Un bloque detrás del siguiente.
Buscando los falsos pimenteros por las ubrbanizaciones.
Llevamos tus cartas por la sombra y el sol.
Ah, si te pasas pide unas bravas. Y un postre.
Si quieres que tus cartas se sientas entendidas en toreo, contacta.
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