Ayer por la mañana.
Me encuentro de reparto.
Estoy en un barrio pequeño.
12 calles.
Todo casas bajas, a excepción de un par de bloques. Nada importante, tres plantas máximo de un par de viviendas en cada una de ellas.

Recuerdo que no había acabado de clasificar la ruta.
Me conozco el barrio de memoria.
El barrio, no las personas.
Me sé el orden perfectamente.
Llevaba números, que no calles, mezclados y los iba ordenando según la marcha.
Me paro en una esquina antes de comenzar la calle a poner un poco de orden en el caos que llevo entre las manos.
Advierto, sin hacer mucho caso, que se detiene un vehículo a mi lado.
Una voz masculina de aparta de mi fijadez en las direcciones de los sobres -¿Me traes algo?
Collons… Alzo la vista y veo un cincuentón en un todo terreno. -¿Tienes algo para mi?
-No se quien eres ni donde vives.
-Ahí, en el once de la calle de arriba.
-No, no, para el 11 no hay nada hoy.
Raro, llevo facturas de la compañía de aguas. Nada para el once.
Sigo.
Ese hombre, al rato me he acordado, casi nunca me deja acercar al su puerta. Si está él cerca viene a cogerlas en la mano.
Es curioso.
Y ayer detuvo su coche para coger las cartas en mano.
¿Será que se las roban?
No sería el primer caso que me llega a los oidos de vecinos que se dedican a coger el correo de vecinos.
Reparto cartas y me fijo en las personas. Para conocerlas y ayudarles en lo que pueda.
Dicen que la mano izquierda ayuda a la derecha. Toda acción tiene una reacción.
Ah, A ese buen hombre no lo he reconocido al instante, estaba lo que se llama obnubilado.
Ara lo buscas en el diccionario.
¿No lo has entendido?
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