En cuanto sacas un pie de la cama y notas en los dedos de los pies el helor que vas a encontrar nada más asomar la nariz a la calle.
Y hoy toca trabajar en plena calle. Y sin sol.
Entre árboles y edificios se le complica al sol llegar hasta la calle. De forma directa.
¡Qué pereza!

De buen grado te quedarías en la cama unas orejas más.
¡Incluso pagarías por ello!
Si te detienes a pensar, no sales. Lo mejor es, sin detenerse, saltar a la calle.
Cuando te metes en un rio, en primavera, y los cojoncillos se te quedan del tamaño de canicas.
Hasta notas el dolor de la menguada…
Lo mejor, del tirón.
Un chapuzón de cabeza.
Todo mojado. Todo frío. Lo siguiente ya es para mejor.
Con el trabajo es lo mismo. Si le das vueltas, no acabas ni queriendo.
La mejor forma de acabar -lo que sea- es comenzar. Si no se da un primer paso nunca podrás dar el último paso.
La otra opción es delegar, aunque no siempre es posible esta opción.
Un conocido no se manchaba nunca trabajando.
¿Cómo lo lograba?
Mandándolo. Así de simple. Él podía. Y puede.