Un pequeño y ameno esfuerzo mental ayuda a ver todo con más claridad y diferente perspectiva.
No hace muchas semanas coincidí con unas amigas. Unas buenas amigas que me propusieron un juego.
No, no hablamos de juegos sexuales, ayer se habló de sexos. Hoy no.
No va por ese lado.
Te cuento acerca del Rummikub, el juego familiar que nunca es igual.

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Como te digo, llevo unas semanas haciendo unas partidas cada vez que nos reunimos.
La sensación inicial es de que se trata de un juego familiar de mesa al uso, o sea, de un cachivache más.
No es así.
Va de números. Esos dibujitos que se nos atragantan a la mayoría. Y hay que hacer combinaciones con ellos.
Números y colores.
Pueden colocarse iguales o correlativos. Los números.
Los colores deben ser iguales para los números correlativos y diferentes para los números iguales. Siempre en grupos de tres fichas como mínimo.
Cada partida es un reto diferente y las combinaciones son infinitas diría yo.
Combinaciones múltiples como las que te encuentras al momento de clasificar y enrutar cartas y paquetes.
Una sencilla forma de ejercitar eso que a muchos se le asemeja al serrín y que, sin darse cuenta, aprenden a combinar y a crear nuevas combinaciones (permite la redundancia). Como más fichas hay en el tablero, más y más combinaciones permiten.
Por supuesto que el que se queda sin fichas en primer lugar gana la partida.
Puedes apostar garbanzos o dineros. De ti depende.
Recuerda;