Comienzan, si alguno las había acabado ya, nuevas aventuras. Porque la vida es eso y así hay que tomarlo.
Hoy quiero contarte una situación en la que me encontré hace unos días. Una situación que puede dar muchos ánimos.
De antemano te digo que no es usual la respuesta y que, según como lo mires, demuestra cierta necesidad tanto por una parte como por la otra. Más que necesidad sería falta.
Permite que te ponga un poco en contexto primero.

Sabes que gestiono correo desde un pueblo no muy grande. Un pueblo donde nos conocemos todos, o casi.
Nos conocemos. Eso no es bueno ni es malo, aunque, de veses, la confianza da asco.
Salgo de reparto pronto, de veses también, a meterla por los agujeros. Oscuro es aún.
Entro en una carnicería a dejar el correo del dueño. Ya están operativos en el comercio.
Las dependientas atendiendo, la dueña con un comercial, clientas y clientes esperando la vez.
Nada fuera de lo normal.
Una de las clientas que están en espera me pregunta si llevo algo para ella. Esto lo hacen, hacemos, a menudo. Recuerda, nos conocemos todos.
La miro y sonriendo, le digo que sí, que tengo algo para ella.
Me acerco y le doy un abrazo mientras le digo al oído que en ese momento no tengo cartas para ella. En la oficina si las hay y que por la tarde pasaré por su zona para entregarlas.
Todo eso al oído. No muy fuerte, no en un susurro.
Tengo que decir que advertí cierta extrañeza en las caras del resto de la clientela. Alguna envidia habría.
No todo va a ser trabajar.
De veses alguna pequeña acción que no tiene que hacer daño a nadie y que rompa un poco los esquemas da pie a encarar el día de otra forma, como con otro color.
A mi me gusta mucho romper esquemas.
Seguro que ella no esperaba un abrazo a tan temprana hora. Ahora falta ver la próxima vez queme pregunte si lo hace desde la distancia o permite que se arrime de nuevo.
También será interesante ver la postura que toma el marido.