Las inercias nos llevan a no probar de cambiar hábitos
Hace unos años triunfaba en nuestra televisión, en un canal privado, aunque en abierto, una serie que catapultó a Will Smith. ¿Te acuerdas de ella?
Trataba de la familia de Will. Un abogado, su esposa y sus dos hijas además de un mayordomo.
En este último voy a centrarme para lo que voy a contarte a continuación.

El nombre de la serie, en España, era El Príncipe de Bel Air.
El mayordomo se gastaba una sorna para con el resto de los habitantes de la casa bestial, eso sí.
En uno de los capítulos estaba cocinando, cocinaba en muchos pero lo que sigue lo vi en ese en concreto.
Estaba cocinando y en el momento de probar el punto de sal cogió dos cucharas; una sopera y una de postre.
Cooño, ¿dos cucharas? ¿Qué va a hacer el Jeffrey este?
¿Para qué dirías que son las dos cucharas?
¡Eeexacto!
Para no quemarse los morros con el caldo hirviendo.
Cogió un poco de la salsa con la cuchara grande y lo traspaso a la pequeña y así se lo puede acercar a la boca sin peligro.
No lo había visto nunca y desde entonces es la forma en que compruebo el punto de sal de mis guisos.
Si, si, ya sé que no tiene mucha relación lo que te acabo de relatar con el correo postal, aunque es, por si sola, una lección de la vida.
Voy a comenzar con mis, tus, sus cartas. Y si quieres me encargo de las tuyas.