No me acaban de gustar del todo las rebajas.
Ya sé que soy rarito.
Soy de los que cuando necesitan alguna cosa la compran. ¿Están de rebajas? ¡De coña! ¿Que no? Pues lo necesito, y lo compro.
Punto.

Todo esto viene a cuento por que el otro dia fui con mi hijo a comprar zapatos. Más que zapatos, zapatillas.
No voy a decir nombres pero se trata de una de esas grandes superficies que venden -casi- de todo para pseudodeportistas. Ropa de vestir más bien poca.
Mi hijo es dolescente y le gusta ese tipo de calzado y atuendo.
Nada en contra, al contrario.
En una sola tienda encontramos casi todo. Ropa, calzado…
Salimos con un buen pico de necesidades con solución.
A lo que iba… el otro día…. de compras… yo y mi hijo…
Más de media hora el tio para elegir unas zapatillas.
Estas tienen la lengueta muy gorda. Esta suela es muy dura o muy blanda. Este color no me hace….
Diooosss… Ni mi ex me lo hacia pasar tan mal.
Con todo elegido, a la caja. Una cola de cojones. Gente a mogollón.
¿Qué ocurre?
Devoluciones…
¿Para qué compras nada?
¿Para devolver?
Marditas rebajas.
Vaya gracia.
Casi tanto tiempo o más para pagar y largarnos. Mala idea tuvimos ese día para ir de compras.
Para la próxima vez reviso el candelario antes.
Bueno, en casa ya y con zapatillas nuevas el niño.
Cuando pacto un precio es ese.
Ese producto o servicio tiene ese precio.
Punto.