Llega un momento que estás tan acostumbrado a oir murmullos y voces que ni siquiera los escuchas.
Más digo, llega el punto que ni siquiera los oyes.
Ni los ves siquiera.
Creo que tampoco quieres verlos.
Pero lo aceptas. Aceptas que estén ahí, martilleando tu cabeza y tu visión.

Con un clic se acaba el problema.
Un simple clic.
Pasas la vista por encima sin ver.
Le pones un volumen que te sea cómodo, que no te moleste para lo que estás haciendo en ese instante y ahí sigue él. Ahí sigues tú.
Estamos saturados, más que acostumbrados a centenares de impactos a diario.
¿Qué importa uno más?
No te has enterado de los que han pasado por delante de tus ojos. De la cantidad de mensajes que te entran por un oido, y te salen por el otro.
Llega un momento, por H o por B que descubres que hay algo ahí que te está reclamando la atención.
¿Cómo ha llegado hasta aquí?
¿Cómo no lo he sabido ver antes?
En todas y cada una de las situciones de la vida nos adaptamos y acostumbramos -yo el que más- para no hacerle ni puto caso.
Llevamos el NO escrito, tatuado en la frente y grabado en la lengua.
El ruido continua porqué no sabemos buscar el interruptor.
Hay un interruptor, en todas partes, que hace que los impactos se reduzcan.
De reducir, no de desaparecer. Si desaparecen los buscamos de nuevo. Somos así de masocas.
En una reseña puedes decir lo que te apetezca.
Sobre lo de arriba.
No quiero que me respondas.
En la reseña