Eskiusmi por adelantado.
Hoy te escribo acerca de una situación que se ha dado por muchos años. Por fortuna ya no es tan habitual.
Deja que te cuente como fue. Me ha ocurrido hace no mucho, aunque la primera vez fue cuando era conductor.

Llegue a un barrio, un barrio de chabolas. La etnia mayoritaria era la gitana, aunque esto no es lo que más llama mi atención.
Había llovido reciente, el día antes, a lo sumo un par de días antes de mi llegada. Tooodo el barrio era un barrizal. Niños y niñas casi en pelotas por la calle (si es que se le puede llamar calle) clavando sus pies en el frío barro. Avanzando como podían.
El menda en la punta de la calle. Plantado como un pasmarote. Mirando el cuadro que tenía delante. Críos para acá y para allá. Descalzos. Casi sin ropa.
No era verano, llevaba yo chaqueta.
Yo si, ellos no.
Tenía que entregar una mercancía no sabía donde. Sólo sabía que tenía que entrar en un lodazal lleno de chatarra, cristales rotos, meados y cagadas de perro y quien sabe cuantas lindezas más.
Ganas no había. Para que engañarte.
Lo que me tenía allí de pie, quieto como un pasmarote, era el ver a esos críos jugando en la calle (en medio del barro en invierno) sin calzado ni calcetines. Sin pantalones siquiera algunos de ellos. Sin miedo a los posibles cortes que pudiesen hacerse con algún cacho de cristal o de hierro medio encondido en el fango.
Yo con mis botas de seguridad no tenía huevos a meterme allí dentro.
La madre que los parió. A ellos y a los padres.
Me imagino/recuerdo con los ojos abiertos como platos. En mis tiempos se diría que estabas «flipando».
He escrito unas efectivas prácticas y probadas formas de facilitar el acceso al cartero sin que tenga que ensuciar se las botas nadie.
Ah, en cada gran ciudad hay rincones tan pintorescos como el que te comento arriba. Hay que ser muy valiente. No para ir hasta allí, sino para estar.
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