Mira, lo que te voy a contar a continuación, fue una de las experiencias más duras que me ha tocado vivir.
Dura y de las más gratificantes también ya que el final fue un éxito.
Lo que te cuento, estaba dando una vuelta por un camino vecinal cerca del casco urbano cuando oí como unos gemidos.
Unos gemidos extraños.
Como una persona llorando.

Con márgenes a diferente altura, árboles de por medio y tal y pascual, no veía claro que podía estar ocurriendo.
Siguiendo los sonidos me iba acercando.
Cada vez se oía más cerca.
Se veía ya un muro de piedra, como de obra.
Me percaté que se trataba de una balsa de agua.
Corrí hacia ella ya que sospeché que alguien estaba en problemas en su interior.
Y por los sonidos que emitía debían ser serios.
Así fue.
La balsa a medio llenar.
Sin escalera de acceso.
Es una balsa de riego, no una piscina. No tiene la clásica, y tan necesaria en ese momento, escalera.
Dentro de la balsa un perro dando sus casi últimos manotazos y con unos gemidos-chillidos que erizaban la piel a cualquiera.
Intento soscorrerle.
Diooosss. Es muy grande y pesado para mí.
Colgado boca abajo apenas alcanzaba a rozarle la cabeza.
Se alegró mucho de ver a alguien allí, para ayudarle. Estaba muy asustado para cooperar.
Y agotado.
Con las patas traseras se apoyaba en la pared justo para impulsarse y coger apenas una bocanada de aire antes de hundirse de nuevo.
Sin saber que hacer, saco mi teléfono móvil y llamo al dueño de la finca.
Casualmente, es jardinero y amigo mío.
Le explico rapidamente el caso y le pido que se acerque a socorrenos. Me aclara que está trabajando como a media hora de distancia en coche.
Joder…
Cómo se puede complicar todo. Y el perro ya entregándose a la Providencia.
Me asegura mi amigo que viene enseguida y me ayuda.
Co la ayuda de una rama seca que encuentro ahí cerca le proporciono cierto apoyo al naufrago.
Esa media hora escasa que tardo en llegar la ayuda se me hizo eterna a mi también. Al perro ni te digo.
Yo casi boca abajo intentando darle un puntito de apoyo y que no se le hundiese más la cabeza en el agua.
Un frío del copón.
Las agujetas empezando a aparecer y oigo un coche que se detiene cerca.
Era él.
No sé si em alegré yo más que el perro de verle, mira lo que te digo.
Los dos agotados.
Sacó una escalera de mano de la furgoneta y, en segundos, el perro ya estaba en tierra firme.
Y hasta aquí el caso del perro vagabundo.
Con los movimientos que se hicieron para mantener y sacar al cánido, los espárragos que había recogido hasta un rato antes, quedaron todos espachurrados en el suelo.
No problemo. En el campo hay más.
Ah, sé que hoy te he entretenido más de la cuenta, pero me ha parecido importante compartir contigo ésta aventura.