A continuación voy a hablarte de orgullo, antes deja que te cuente una cosa.
Te cuento de mi amigo Isidro.
Isidro toda la vida había querido ser maquinista de tren. Le molaba lo de llevar un trasto grande. Y largo.
Largo como un tren digo.
No lo logró nunca. Lo que sí consiguió fue llevar camiones. De los más largos.

Siempre contaba que, cuando se presentaba a los exámenes, el profesor, conocedor de su valía, lo ponía a ayudar y a animar a los que no estaban tan animados y convencidos como él.
Los devoraban los nervios.
Isidro con su carácter tranquilo y voz suave, los calmaba y mostraba como se hacían las maniobras con tranquilidad sin tener que preocuparse del examinador que estaba evaluando la prueba.
Isidro tenía un secreto para mantener la calma.
De veses, re-visito oficinas por las que pasé ofreciendo mis servicios hace unos meses sin conseguirlo en ese momento.
Ahora continua habiendo muchos que no se cierra colaboración alguna tampoco.
¿Entonces?
Entonces… Es durante esos encuentros que me doy cuenta que no han olvidado mis anteriores visitas. Mi tarjeta permanece en un lugar privilegiado, más o menos, de sus mesas de escritorio.
No me llaman porqué no debe ser el momento aunque me recuerdan. Continuan teniendo mi tarjeta -mis datos de contacto- a mano.
Si haces clic aquí tendrás mis datos de contacto a mano para cuando necesites de mis servicios.
Ah, el secreto de la calma de Isidro es la de darlo por perdido. Antes de comenzar la prueba se convencía de que había fallado y así disfrutaba de las pruebas. Esa era la actitud que le ayudaba a superarlas con éxito.
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