En ocasiones debemos dedicar un poco de tiempo a los demás, aunque no parezca que nos tratan del todo bien.
Hace unos años, bastantes para ser más exactos, regalé un objeto a mi amigo Tomás.
Un objeto que, a mi parecer, le hacía mucha falta.
En su momento me pareció que, además, debía ser un objeto tangible. Debía poder ser manoseado, observado. Acariciarlo incluso.
Con el paso de los años se ha demostrado como un acierto tal elección.

No sólo el continente como tal sino el contenido.
Se ha conseguido que lo use más que alguna vez.
Se ha logrado que, cada vez que lo tiene entre las manos, se acuerda de mí.
De mí y del motivo del regalo.
Aun recuerda cuando le dije lo que le iba a regalar.
Le pasó por la cabeza un “no hay huevos”.
Lo sé.
Me conoce y sabe que, si me azuzan, si me provocan, es peor.
A los pocos días se reveló el regalo. Se lo entregué en mano. Todo envuelto, como merece un buen regalo.
La verdad es que me siento orgulloso de ello. Él también.
Lo ha reconocido en más de una ocasión. Nadie le ha hecho regalos similares.
No hay huevos.
Para que un regalo sea bueno se necesita que cubra una necesidad.
Para que sea recordable, se necesita que se pueda tocar y con lo dedos ser transportado a momentos gratos.
Es por ellos que me gusta trabajar con las manos y manejar papel. El papel de los demás.
Voy a entregarte una nueva PostaData para que mañana te asomes a leerme. De nuevo.
Mañana o el día que prefieras.
El correo de mañana te contaré algo que no tiene que ver con cartas. Algo que descolocó a todos los presentes.
Luego les dio la risa.
Luego.
Y también daré respuesta a la duda del regalo, que me he quedado sin espacio ya…