Tengo amigos agricultores, yo mismo desciendo de varias generaciones de ellos.
Pueblo de agricultores. Familia de agricultores.
Somos los que más distinguimos y apreciamos un producto fresco.
Nada como un tomate recién cogido. Ese sabor. Esa textura.
Ese olor. Un aroma que a mi me pierde.
En mis tiempos de ppisar mercados centrales me tenían que arrancar (literal) de las cajas de tomate recién cogido de la mata. Allí estaba amorrado. Esnifando.

Esas zanahorias. Las fresas, que no fresones (sin desdeñar). Esos melocotones.
Los de Calanda también. Madurados en el mismo árbol.
Sólo lavados con agua, sin pelar. Una delicia al alcance de pocos parece.
Esas patatas con olor a tierra fresca todavía. Algún terroncillo aun aguanta pegado en su piel.
Las lechugas que parecen de cristal y que temes romper al tocarlas.
Mimitos. Caricias.
Alimentos de cercanía. Productos de la misma esquina de la calle.
Artesanos de de la misma población que nos dejan degustar sus creaciones compartidas con la Madre tierra.
¿Quién mejor que alguien cercano te va a dar un mejor servicio? El que ve la sombra de un árbol desde la altura de sus oficinas (si se le ocurre asomarse). Lo dudo mucho.
Más de 20 años por mercados. Más de media vida con gente del pueblo. Hablemos.
Todavía noto el calor del sol en la cara mientras los pies se hunden en el frecor de la tierra recién abierta.
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