Los amantes de lo ajeno se acercaron a mis herramientas y a mis empleadas.
Sucedió el otro día.
A media mañana.
No fue a mí, fue a mi compañera.
Una compañera, Nuri, que se encontraba dejando cartas en los buzones de un portal. El patinete, recordarás que repartimos a bordo de trastos eléctricos de esos también, apoyado en la misma puerta.
Dos metros escasos separando al uno de la otra.
Al momento de salir ya, vio como una sombra se abalanza sobre el patín y lo impulsa alejándose calle arriba mientras con los dedos le rozaba el cogote ya.
De nada servían los gritos desesperados de la muchacha.

Bueno, en vano tampoco fueron. Una serie de vecinos, muy comprometidos ellos (gracias desde aquí, máxime si eres uno de ellos) se pusieron a perseguirles -eran dos los artistas de lo ajeno a la postre- calle arriba.
Casi pillaron a uno. A la desesperada y en el último instante tiro todo (patinete, cartas, bolsa, etc) y desapareció.
Los vecinos, sabedores de todos y cada uno de los rincones, los localizaron.
Iban ya juntos de nuevo.
Acojonados como nadie.
Asustados como críos.
La cartera, Nuri, con las piernas temblando me llamó por teléfono para relatarme el episodio. A lo largo de la mañana, los mismos vecinos y otros muchos más no dejaban de animarla.
No dejaron de vigilar que no volviesen.
El susto que se llevó fue de órdago. Luego se fue tranquilizando ya.
Las cartas no eran tuyas, o acaso sí. La actuación hubiese sido la misma, puedes estar seguro.
Si eres de los que piensan que situaciones como les pasan siempre a los demás, deja que te diga, bienvenido al club. También yo lo pensaba.
Pensaba que había un respeto para los que estamos en la calle, trabajando.
Los vecinos que ayudaron, durante y después del suceso si lo tienen. Desde aquí, gracias de nuevo