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Los cerdos de Nueva York

No tenemos la costumbre de convivir con animales

No me acabo de imaginar el salir a la calle y tropezarte con un cerdo salvaje.

Si, si, con un jabalí.

He oído contar de experiencias con esos mismos seres. Y con cabras. Y con caballos.

Pájaros de distintos tamaños, pá que te cuento…

Me llega a los oídos hace unos días que, en la ciudad de Nueva York allá en las Américas del norte, convivían con cerdos.

Los cerdos de Nueva York.

Hace mucho de esto que te escribo, pasará de los ciento cincuenta años, dicen que por las calles había cerdos como modo de recolección de basura.

Por suerte no había tanto plástico como ahora.

Imagina que vas hasta el contenedor y te encuentras a toda una familia esperando para ver que traes en la bolsa.

No quiero ni imaginar si un día bajas tarde y te los encuentras con hambre. No te dejan ni llegar, vienen a tu encuentro chillando y al galope.

Bueno, pues los habitantes de la ciudad americana, algunos de ellos, los más pudientes que se vieron las orejas y podían pagar alguien que les recogiese la basura, no llevase el rabo en espiral y no dejase nada esparramado además de no chillar, tomaron la decisión de alejar a los cerdos.

 A ese bonito gesto se le llama gentrificación.

Se trata de un detalle hermoso que se compone de un cambio radical en el entorno urbano. De tener un espacio deteriorado y con unos “conciudadanos” peculiares, a mejorarlo para transformar y mejorar ese mismo espacio y de este modo favorecer la economía de mercado.

Ese movimiento acarrea el traslado de una serie de usos, costumbres y de gentes incluso. Los pobres no los queremos, aquí todos limpios y aseados. Nada de cerdos.

Se dice, se comenta y se rumorea que así fue como desplazaron una ingente cantidad de habitantes de Nueva York llamados cerdos cuya tarea, además de servir de alimento, era eliminar la basura que crearan el resto de las habitantes, los de dos patas.

Los desplazaron unas calles más allá y en sus calles dejaron de verse cerdos de cuatro patas libres.

Ya no había restos de basura -aún la hay- y no se ensuciaban el charol de sus zapatos.

A partir de ese día con ellos convivía el camión de la basura, no chilla, aunque se le oye igualmente.


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